«Un monje tibetano, entregado a un largo, solitario, meditativo retiro, comenzó a tener alucinaciones de una araña. Cada día la araña aparecía más grande, hasta que por último su tamaño fue como el del hombre y su apariencia amenazadora. En este punto el monje pidió consejo a su guru y recibió esta respuesta: «La próxima vez que se aparezca la araña, dibuja una cruz en su vientre y luego, tras reflexionar, coge un cuchillo y clávalo en medio de esa cruz.» Al día siguiente, el monje vio la araña, dibujó la cruz y luego meditó. En el preciso instante en que se disponía a clavar el cuchillo, miró hacia abajo y, con asombro, vio la marca dibujada con tiza sobre su propio ombligo. Es evidente que distinguir entre el adversario interno y el externo es, literalmente, una cuestión de vida o muerte.»
(David Cooper, La muerte de la familia)